miércoles, 16 de abril de 2014

Vacía. (Vainilla y humo 9)




Incluso los más pequeños cambios en nuestra rutina pueden crear un efecto dominó que amplíe nuestra visión de lo que es posible.


Julio



Después de haber abandonado el hospital aquella tarde, él se negó a ir a casa. En su lugar, se fue al bar.

El mismo maldito bar en el que había estado todas las noches, sentado con la misma chica, esa que tenia una sonrisa hermosa y unos ojos iridiscentes y sus palabras y su música y… ella simplemente le hacía feliz.

Y, de repente, él ya había pasado las cuatro cervezas y se había dado cuenta que no sabia como ser feliz nunca más.

Así que en lugar de permanecer allí, consumiéndose en el bar, se encontró a si mismo en frente del hospital a las tres de la tarde.

Hizo caso omiso a las voces inquietas de las enfermeras o de los médicos que le gritaban que no corriese, que eso era un hospital, pero él no escuchó y siguió corriendo hasta que su cuerpo lleno de alcohol se sintió sudado y cansado. Recorrió los pasillos en busca de la habitación de ella.

¿Qué iba a decirle cuando la encontrara? ¿Quizás que lo sentía? Bueno, él aun no lo había decidido, todo lo que sabía era que necesitaba verla. La necesitaba.

Y él encontró la habitación y rodeó la esquina. Pero cuando se detuvo jadeando y resoplando y recuperó el aliento, sus ojos temblorosos se centraron en las mantas perfectamente dobladas y la cama vacía que Alaska Decany había estado ocupando unas horas antes.

“¿Señor?”

Apenas se dio cuenta de cómo la enfermera le puso una mano suavemente sobre el hombro. Él giró sobre sus talones, con la boca abierta y los ojos desorbitados.

“¿Dónde está?” Se atragantó con sus propias palabras. La mujer le regaló una sonrisa forzada, arqueando las cejas levemente.

“Le han dado el alta hace unas horas.”