viernes, 21 de febrero de 2014

Pastillas. (Vainilla y humo 3)




La emoción que puede romper tu corazón puede ser a veces la única que pueda repararlo.

Julio


Salvar a alguien, no era tan difícil como algunos pensaban.

No debías ser alguna especie de superhéroe, o un médico o algún tipo de terapeuta mágico con la capacidad de diagnosticar cualquier cosa. Era mucho más simple que eso, y Eric aprendió eso en Julio.

Era una noche fría, por ser Julio. Casi como si el invierno hubiese vuelto para hacer una última actuación antes de que el calor llegase para derretirlo todo. Él se quedó de pie con la espalda pegada a la pared de piedra del edificio, tomándose un momento para respirar. No sabía que hora era, no le había estado prestando mucha atención al reloj.

“Hola.”

Era una voz tranquila. Tanto, que no la había notado hasta que se hubo dado la vuelta encontrándose con una chica guapa, muy guapa, de pie a unos pocos metros de distancia. Llevaba una camisa de color negro y unos pantalones vaqueros. Tenía grandes ojos marrones y el pelo bonito. Y brillante, notó.

Él no sabía que decir pues, por un momento, había olvidado completamente como saludar a alguien de forma correcta. Por lo general, eran ellas las que se acercaban corriendo hacia él con lágrimas corriendo por su rostro. En realidad, él no estaba acostumbrado a presentarse a si mismo a alguien.

Obviamente notando su silencio, la chica empezó a hablar con ansiedad, casi avergonzada, mientras se pasaba los dedos por su cabello nerviosamente.

“Los hospitales apestan, ¿eh?” Dijo ella en voz baja, mirando alrededor del bullicioso parking del Hospital West End de Londres, donde se encontraban. Sus palabras lo sorprendieron. Fue como si casi olvidara el porqué de su presencia allí. Casi.

“Oh.” Dijo él enarcando las cejas. “Si.”

Para su sorpresa, la chica le regaló una suave y tierna sonrisa. El tipo de sonrisa que seguía su transcurso desde los labios a los ojos.

“Mi abuela.” Aclaró, poniéndose de puntillas por unas milésimas de segundo para después balancearse hacia atrás. Mientras tanto, él escuchó con atención y estudió su rostro cuando siguió hablando, “Cáncer.”

Eric asintió, buscando su paquete de cigarrillos en el bolsillo trasero de sus pantalones. Sacó uno y se lo llevó a los labios, dejando que colgase ahí mientras enfocaba su mirada hacia fuera y se encontraba con una ambulancia que se dirigía a la zona de la sala de emergencias.

“Amiga.” Él respondió, jugueteando con su encendedor una y otra vez a medida que hablaba. “Trató de suicidarse.”

Si eso hizo que la chica se sintiera incómoda, él no se dio cuenta. No la miró hasta que la sintió apoyarse en el muro justo a su lado. No podía negar que eso lo había sorprendido. No había mucho de que hablar, pero la prepotencia y la audacia de la joven era refrescante de algún modo.

“¿Que pasó?” Ella preguntó en voz baja y, por un momento, no le importó si eso estaba fuera de lugar. Porque, ¿quién preguntaba aquello? ¿Y quién estaba dispuesto a responderle a una extraña como esa chica? Pero Eric nunca fue de aquellos que seguían las normas y había algo en aquella chica que lo irritaba.

“Pastillas.” Respondió. Sus ojos se nublaron mientras el corazón le latía con fuerza contra su caja torácica mientras rebuscaba vagamente en su memoria. Era un recuerdo que todavía estaba fresco en su mente, como una herida de la que nunca se había cuidado debidamente y había sido desgarrada de nuevo. Se tragó el nudo que se le había formado en la garganta mientras encendía el cigarrillo y le daba una larga calada. “La encontré en el baño.”

“Eso es terrible.”

“No para ella.” Él casi rió, pero su voz se había tornado amarga. Amarga porque aún estaba enfadado con ella. “A ella le parecía una idea jodidamente buena.” Y fue entonces cuando se dio cuenta de que no podía volver a hablar con esa chica nunca más. Él no podía explicar cosas que esa extraña no podía comprender.

Ella no podría entender la sinceridad en sus palabras. Nunca entendería aquello en lo más profundo de su corazón,  que se había roto en millones de pequeños pedacitos. Y no recordaría haber visto la imagen de una quebrada Alaska Decany, tirada en el suelo de azulejos con una botella de calmantes junto a su cuerpo inconsciente.

Dos meses antes, él había estado sentado en un oscuro bar en las afueras de Londres con la cabeza llena de otro tipo de problemas. Pero esa chica torpe se había lanzado de cabeza en su mundo y, de repente, se lo había encontrado todo patas arriba y del revés.

Alaska Decany, sopló y cerro los ojos lentamente, ¿qué me has hecho?







Happiness is a choice.
Yeah, things in life make it difficult.
But at the end of the day, you control your own happiness.


Annie.